#ConfíaEnTusDecisiones: ¿Cometen menos errores las personas inteligentes?

Sinceramente, siempre he creído que las personas inteligentes cometían menos errores.

Os planteo un sencillo problema:

Un bate y una pelota juntos cuestan 1,10 dólares. El bate cuesta un dólar más que la pelota. ¿Cuánto cuesta la pelota?

Seguramente haya llegado a tu mente la respuesta intuitiva, atractiva y falsa de que la pelota cuesta 10 centavos, pero si hacemos cuentas veremos que la respuesta correcta es que la pelota cuesta 5 centavos.

Probablemente te resultará curioso saber que más del 50 por ciento de los estudiantes de Harvard, del MIT y de Princeton a los que se les planteó este problema dieron la incorrecta respuesta intuitiva de 10 centavos.

A pesar de que todos los estudiantes que pueden ser admitidos a una de esas universidades tiene capacidad intelectual de sobra como para resolver este problema muchos de ellos aceptaron sin resistencia la respuesta falsa que les ofrecía su intuición.

¿Por qué respondemos mal, aunque sepamos llegar a la respuesta correcta?

Como sabemos, a lo largo de la evolución, nuestro cerebro ha ido diseñando y perfeccionando un sofisticado sistema de asignación de la atención entre nuestro «sistema 1» y nuestro «sistema 2» de pensamiento. Este sistema suele funcionar bien, pero comete errores cuando nuestro perezoso «sistema 2» decide zafarse y dejar al mando a nuestro intuitivo «sistema 1» en la realización de tareas que requieren esfuerzo o autocontrol.

Además, sabemos que la idea de «energía mental» es mucho más que una mera metáfora. Cuando nos esforzamos intelectualmente, o hacemos esfuerzos de voluntad o autocontrol, vamos agotando nuestra reserva de «energía mental». Esto hace que nuestro «sistema 2» sea más proclive aún a dejar al mando a nuestro «sistema 1». Las personas inteligentes también.

Esto me hace pensar que es importante adquirir un nuevo hábito. Un hábito sencillo. Que nos mantenga a salvo de la primera respuesta que nos llega fácilmente a la mente. Que evite que cometamos errores cuando estamos cansados intelectualmente o cuando llevemos un tiempo ejerciendo el autocontrol.

Ese hábito consiste en responder por defecto, siempre que sea posible, cuando nos encontremos en esas situaciones: «déjame que lo piense y te digo algo».